Hoy el Perú está viviendo una de las páginas más oscuras de su historia republicana.
Tenemos en Palacio de Gobierno a un presidente acusado de violación sexual, y a un premier con denuncias del mismo tipo.
¡Dos de las más altas autoridades del país señaladas por delitos tan graves como violentar a una mujer!
¿Hasta dónde vamos a llegar? ¿Qué país estamos construyendo?
Jeri Ramón, el actual presidente, no fue elegido por el voto del pueblo.
Llegó al Congreso como accesitario y, tras la vacancia de Dina Boluarte, asumió el poder por sucesión.
Pero el hecho de que sea un presidente de transición no significa que el Perú tenga que tolerar la indecencia.
No se trata de cuántos meses durará su mandato; se trata de con qué moral se ejerce ese mandato.
Porque un presidente acusado de violación sexual no puede representar a un país que ha visto a miles de mujeres pedir justicia.
No puede hablar de moral, ni de seguridad, ni de paz, alguien que tiene una denuncia tan grave sobre sus hombros.
Por respeto al Perú, por respeto a las mujeres, Jeri debería ser cambiado.
Un país decente no puede tener en su presidencia a un acusado de violación.
Un país digno no puede callar frente a una denuncia así.
Y si el señor Jeri se dice inocente, que se deje investigar.
Que no se esconda, que no se victimice, que no se ampare en el poder.
Porque quien es inocente no teme a la justicia.
El silencio no es dignidad, es cobardía.
Y hoy el Perú no necesita cobardes, necesita transparencia.
Pero la vergüenza no termina en Palacio.
Lo más indignante es ver a alcaldes y gobernadores haciendo fila para ir a rendirle pleitesía.
Una larga procesión de autoridades locales, sonriendo, buscando la foto, repitiendo discursos vacíos sobre “gobernabilidad” y “tranquilidad”.
¿Gobernabilidad? ¿Tranquilidad?
¿Desde cuándo la tranquilidad se construye sobre la inmoralidad?
Ninguno de esos alcaldes tuvo el valor de decirle al presidente:
“Derogue las leyes procrimen que aprobó cuando era congresista.”
Ninguno le exigió que se deje investigar.
Ninguno se levantó a decirle: “Presidente, su cargo no lo limpia de una denuncia. Dé la cara.”
Ir a Palacio en silencio es firmar un acta de sujeción.
Y quien se somete a la inmoralidad, deja de ser autoridad para convertirse en cómplice.
¿Dónde quedó la dignidad de las autoridades locales y regionales?
¿Dónde está el valor político, la ética pública, la moral?
¿Acaso ninguno tiene una hija, una hermana, una madre?
¿Acaso no sienten indignación de ver a un país gobernado por alguien acusado de violar?
No se trata de ideologías ni de partidos.
Se trata de principios, de respeto, de decencia mínima.
Porque quien calla frente a una violación, traiciona al país entero.
Este presidente debe ser reemplazado.
El Congreso no puede lavarse las manos, ni esconderse tras la palabra “transición”.
Transición no es sinónimo de impunidad.
El Perú necesita un presidente que simbolice limpieza, no sospecha; que hable de justicia, no de silencio.
Y a los alcaldes, a los gobernadores que hoy aplauden:
Entiendan que la historia no los juzgará por sus obras, sino por su coraje moral.
La astucia pasa.
El cálculo se olvida.
Pero la dignidad, esa queda para siempre.
El Perú no necesita más fotos en Palacio, necesita ejemplo.
No necesita silencio, necesita coraje.
No necesita excusas, necesita verdad.
Y que quede claro:
No hay estabilidad posible si el poder se sostiene sobre la impunidad.
No hay paz posible si el país calla frente a una violación.
Por eso hoy, con toda claridad, decimos:
Jeri debe ser cambiado.
Porque un presidente acusado de violación no puede hablar en nombre del Perú.
Y porque cuando la política pierde la moral,
el pueblo tiene el deber de recuperarla.









