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LA FARSA DE LA IMPUNIDAD: UN ESPEJO DE NUESTRA DEMOCRACIA PODRIDA

La democracia en el Perú ya no es una institución, es un teatro. Y en este teatro, el monólogo «La farsa de la impunidad» nos lanza un espejo brutal que nos obliga a mirarnos sin filtros. Desde la primera palabra hasta el último grito en la oscuridad, esta pieza no es solo una obra, es un golpe directo a la conciencia de un país que ha normalizado la corrupción y la negligencia.

Santiváñez, el ministro en la mira, se convierte en el símbolo de un Estado que fracasa una y otra vez en proteger a sus ciudadanos. Policías desmoralizados, calles infestadas de miedo, delincuentes que celebran la inacción gubernamental, y un Congreso que juega a la política mientras la sangre sigue corriendo. Pero no nos equivoquemos: esto no es sólo sobre Santiváñez. Es sobre todos aquellos que sostienen este sistema con su cobardía, su complicidad y su desprecio por la vida humana.

El Congreso no censura, porque censurarlo sería admitir que ellos también son parte del problema. Prefieren escudarse en la estabilidad política, como si la estabilidad de un sistema corrupto fuera algo digno de preservar. ¿Cuántos asesinatos más harán falta para que la indignación se convierta en acción? ¿Cuántas vidas más sacrificaremos en el altar de la burocracia y la inoperancia?

«La farsa de la impunidad» no es teatro, es realidad disfrazada de arte. Es el eco de millones de peruanos que ya no creen en sus gobernantes. Es el grito de un pueblo que, por más que lo ignoren, sigue resonando en las calles.

La pregunta final de la obra es también la pregunta que debemos hacernos como sociedad: ¿Es esta la democracia que merecemos?

Es hora de responder. Y, más importante aún, es hora de actuar.

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